viernes, 17 de junio de 2011

Flanagan

Si ella se llamaba Nines y tenía un amigo que se llamaba Ricardoalfonso, yo no tenía que tener ningún escrúpulo en confesar que me llamaba Flanagan. Parece especial pero, en realidad, es un chico normal de un barrio marginal de Barcelona que se llama Juan Anguera. Es detective y resuelve los casos que le proponen sus compañeros y que, a veces, se complican más de lo esperado. Pero hay que escribir cien páginas y es la única forma. Se trata de un libro infantil que yo he decidido leer ahora por aburrimiento, porque me apetecía algo ligero y porque era el más veterano de la estantería, se debe mantener un status.

Me lo regaló mi tía Isabel, que ayer cumplía otro año, por el día de mi Santo. En algunas casas hay buenas costumbres. Y como no tengo la manía que tiene ella de devorar historias y buscar siempre una nueva para acompañarla en la Renfe, puse el libro en un mueble, luego en otro y, al final, se convirtió en el afortunado de junio. Todos los detectives se llaman Flanagan es la versión española de Sherlock Holmes para los años noventa, pues tiene hasta una Carmen arrebatadora. Existe un caso principal que resolver, enmarcado en un par más sencillos. Tiene ritmo y no es nada denso. Es como leer un cómic a base de letras y dibujando las viñetas en tu cabeza.

Flanagan, el personaje principal, me recuerda al protagonista de la Sombra del Viento por su carácter y espíritu de niño mayor. Quizás éste último sea más complejo y con un matiz más melancólico. Mientras Flanagan juega con un tirachinas por la calle, la cual recorre a saltos y silbando; Daniel vive la posguerra y camina tranquilo, mirando hacia atrás con un punto de amargura. (Esa es la sensación que yo tengo, pero tened en cuenta que un jueves a estas horas la cabeza ya funciona a medias). Además, los dos comparten un amigo adulto que les permite saltar entre su mundo y el propio, el de la inocencia. Aunque Ángel Vila nos salga más canalla que Javier Fumero
.

El tema de este libro en concreto, porque creo que existe una colección en torno al personaje, está en los telediarios un día sí y otro también: el secuestro de bebés. No porque sea un problema actual, sino porque es ahora cuando están descubriéndose los delitos de demasiados hospitales en nuestro país. 
Además, Flanagan me cae bien porque es algo sarcástico, descarado y me comprende: no le gustan para nada los garbanzos. Creo que fue ahí cuando me conquistó.

Cuando uno ha empezado a darse besos en la boca con una chica, (aunque sean instantáneos), debe mantener la costumbre con perseverancia, ¿no os parece? Si no, se corre el peligro de encontrarse con que, al día siguiente, ya no se puede reincidir. Hacer que una costumbre eche raíces es una cuestión de insistencia.

jueves, 16 de junio de 2011

Ascot

Me encantan los sombreros, pero eso ya lo sabéis. Ascot no es precisamente mi estilo, pero siempre echo un vistazo para ver con cuál de ellos me disfrazaría o me pondría a pasear por casa.

Me gusta ver a decenas de Julia Roberts interpretando su propia Pretty Woman. Me las imagino tomando el té, con impolutos guantes y gafas de sol con montura de mariposa. Porcelana, chocolate y una despistada que se quita el Jimmy Choo y lo posa sobre ese césped que, es quizás, lo que más alucinada me tiene. Y es que estoy segura que esos vestidos no se verían tan exquisitos sin esa alfombra verde que sólo los jardineros ingleses parecen conseguir.

Yo sería de las descalzas, disfrutando de ese paseo y más pendiente de ver por dónde piso, que de las preocupadas en que no se les mueva la pamela. Total, la mía no sería tan extravagante.




Fotos: tntmagazine.com
y Glamour.com

lunes, 13 de junio de 2011

Higiene

Definitivamente, hoy he llegado a la conclusión de que, por mucho que nos intenten convencer, un hospital no es sinónimo de higiene. Mi llegada a la Habitación 409 para acompañar a, llamémosla "Señorita que no aparenta tal edad", según el enfermero post-operación y por confidencialidad del paciente, coincidía con la hora de la comida. Después de trabajar, una tiene la sensación de que ha estado prisionera durante quince días a base de agua y manzanas.

Mi madre, mi hermano y yo bajamos a la segunda planta donde dicen, nos darán de comer. De camino al ascensor, porque ese hambre que traes te impide bajar (que no subir), dos míseros pisos, te das cuenta de la seriedad con la que se tomaron en el mundo de la Sanidad lo de la gripe A. Cada dos habitaciones, un dispensador de gel de manos. Bien, pues a la señora de la cafetería la contrataron más tarde y no le enseñaron esa normativa. 

Ella pregunta por la bebida. Tres refrescos. Dos estornudos. Pregunta por la comida. Bocadillo de tortilla y otro de lomo. Tercer estornudo. Muy amable la mujer, me dice: te pongo unas patatas mientras esperáis la comida, guapa. Pues sí, imaginároslo. La señora, muy educada, se tapó la boca con la mano al estornudar. La misma con la que nos sirvió la ración de patatas. Esto se llama una "eficaz campaña de comunicación interna entre los empleados". Pero para asegurarse, ya de fijo, que íbamos a probar sus miasmas, decide estabilizar los bocadillos en el miniplato con esa misma mano. Ella es diestra y punto pelota. Para todo.

Menos mal que la gracia de mi hermano, colocándose en posición y preguntando cuántos centímetros había dilatado, o haciendo teatrillo con la cuña donde los varones orinan, (sí, también ha utilizado las manos), nos ha hecho olvidar el posible contagio.


miércoles, 8 de junio de 2011

Hippie y pija

Esto de que nosotros inventemos términos nuevos, ellos se los apropien y además, los utilicen como si fuesen propios, es indignante. Como diría mi madre, tienen un morro que se lo pisan. Ahora resulta que las revistas de moda se sienten muy orgullosas y titulan sus reportajes con la supuesta nueva palabra. Y se creen que es suya: "hippie-pija". JA JA JA. Perdonad bonitas, pero eso lo llevo escuchando yo años.

Y es que, por lo visto, la nueva jet set se caracteriza por apreciar el medio ambiente y mimetizarse con él. Es decir, "soy super ecológica pero además no abandono mi glamour"; o "llevo abalorios de muchos colorines, comprados en un mercadillo de comercio justo y realizados por niños etíopes, pero el vestido es de Gucci"; o "me tiro en esta playa ibicenca a tomar un cocktail divino, pero ¡me estoy sentando en el suelo!".


Yo no visto de Gucci, ni he puesto un pie en Ibiza en mi vida. Sentarme en el suelo sí, eso se me da muy bien. Pero Rosita me llama así desde hace bastantes años. Así que, lo siento, pero reclamo la exclusividad con este término. El enriquecimiento del vocabulario español es obra suya, y yo soy y seré su única y mejor embajadora. Y quien quiera hacer uso de él, que sea previo pago: o el Gucci o el viaje a Ibiza. Soy hippie-pija, pero no demasiado exigente. Y seré yo quien haga el grupo en Facebook.


Il Navigli, Milano (Dic 2009)

jueves, 2 de junio de 2011

Leonard Cohen

Me gustan los Premios Príncipe de Asturias. Ni tienen una glamourosa alfombra roja ni van las estrellas del momento de la mano de sus parejas, estrellas por defecto o por publicidad propia. No hay grandes diseñadores ni un pomposo despliegue de medios. Simplemente se entregan, se dice un argumentado por qué y se aplaude. No tengo ni idea de si el galardón va acompañado de una suculenta dotación económica, o si hay baile, cena y copas. Sólo sé que me gustan y que me parece un premio del que sentirse muy orgulloso. Y el último que se ha entregado además, demuestra que se trata de un reconocimiento que mira abiertamente al mundo: puedes encontrar la mejor poesía en la música y, quizás algún día, la mejor historia en la fotografía y la mejor labor de paz en el deporte. Se trata de actitud.

"El amor es una excusa: la que nos pone la vida por ser tan fea"
(Leonard Cohen, Premio Príncipe de Asturias de Las Letras 2011)

miércoles, 1 de junio de 2011

Feromonas en venta

La lectura del periódico cada vez me produce un mayor exceso de información. Ese fenómeno tan de moda, y tan perjudicial según dicen, a veces se sufre. Sientes como eres engullida por una jerga incomprensible y unas interpretaciones propias de programas esotéricos. Ya no sabes ni qué pensar, salvo que, efectivamente, te has convertido en  víctima de ese exceso de información. Y te pones peor, te vuelves paranoico y esperas la posible fiebre.

Este sentimiento a las 8,15 am, es peor aún; porque no lo ves venir. Como lo que me ha pasado a mí esta mañana cuando, terminando la lectura de mi primer periódico gratuito, he visto un anuncio titulado Feromonas en venta. Lo primero que he pensado ha sido que era una noticia más, de las curiosas obviamente, porque la han situado al final junto a la super pareja del momento, los Brandgelina. Pero esta estrategia de marketing no era para un simple artículo, no. Se trataba de un anuncio en el que, os lo digo totalmente en serio, vendían feromonas.

Según la RAE, las feromonas no existen. No tienen significado atribuido. Me acabo de quedar a cuadros dándole al botón de Consultar como si el problema fuese que no se activaba. Pero ahí está Wikipedia, que para algo tiene que servir ese exceso de información del que hablábamos. Las feromonas son sustancias químicas secretadas por una especie con el fin de provocar un comportamiento determinado en otro individuo de la misma y otra especie. No me digáis que no es peligrosa su comercialización. Tiembla Cupido, que te quedas en el paro como los otros 5 millones de españoles, que aquí no se salvan ni las deidades. (Porque Cupido, como Mickey Mouse, existe).


La promoción, al igual que el espacio del periódico que hemos dicho que ocupa, es de primera. A la derecha te ofrece una columna en gris bajo el título Diez Razones para usarlo. Esquemático, de rápida lectura. Tramo Embajadores-Atocha y ya sabes por qué comprarlo. Y el cuerpo de la noticia, no menos resumido. Pequeños párrafos encabezados por frases como Soy el líder o Me siento feliz. Además de unas fotografías de parejas felices, pasionales y con poca ropa. Debe ser que también esculpen el cuerpo, ¡si es que todo son beneficios! Y no os preocupéis, que aclaran: se puede utilizar con personas del mismo sexo.


La solución definitiva a esas teorías que aseguran que nos enamoramos por el olor que desprende la pareja. Ni flores, ni bombones ni mensajes bonitos. ¡Feromonas de bote!