lunes, 12 de agosto de 2013

El huerto de Margarita


He vuelto, o no. Una larga ausencia; o presencia, pero no aquí. Terminar el mes de junio sin volverme loca fue difícil, pero julio fue aún peor. Esto de llegar a mitad de año revoluciona a la población, no me preguntéis por qué; cuando todos deberían estar saliendo hacia la playa. O al menos, pensando en ello. Sentarme a escribir me daba pereza. No quería ordenadores. Y los planes con el calor, aunque sean caseros, se multiplican. Por eso os digo que no he estado ausente, sino que simplemente dejé el ordenador a un lado. Ideas muchas, como siempre. Y organizar mi agenda con las tareas pendientes siguió siendo la compañía por excelencia de mi café mañanero. Pero teclear para contaros cosas no era uno de esos planes que apetecen.

No es que desapareciese, sino que me escapé al norte de España cinco días para desconectar. La mala conexión telefónica te lo permite. Limitas el ritmo, dejas de organizarte para ir la gimnasio, desayunas sin prisas y la agenda la llevas, para guardarla en el cajón. Y tampoco son unas vacaciones enormes las que tengo este verano, pero se agradecen. Como se agradece perderse durante un rato en el Huerto de Margarita y sus hermanas en Vigo, (Galicia). Días para comer bajo un magnolio, para hartarse de empanadas con pan de maíz y de la casera de ella, de Margarita, tremenda. De marisco, de tomates de verdad, de no hacer nada; ni siquiera pensar en lo que llevas puesto. De pijamas, chanclas y una sudadera que, por la noche, refresca. De probar las fresas de ese huerto que, por cierto, son exquisitas. 

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