martes, 13 de agosto de 2013

Mi Top Ten en el Museo del Prado

Es una opinión. Además, una opinión de una chica que siempre ha odiado el arte, (o eso dice), y que no entiende nada. Pero nada. Distingue entre el verde manzana, verde botella o verde esperanza. Pero no mucho más. Ni sabe cuándo se han dado los brochazos hacia arriba o hacia abajo, ni siquiera si los brochazos sólo se dan cuando se pintan las paredes de casa. Supone, eso sí, que la luz se consigue dando blanco. Pero igual estoy diciendo una burrada. Esa chica soy yo; vaya todo esto por delante.

La semana pasada tuve la valentía, por no decir decencia, de visitar el Museo del Prado por primera vez. Ya soy un poco más madrileña. La verdad que era vergonzoso haber entrado en muchos más museos en las otras tres ciudades en las que he vivido que en la propia. Una visita rápida, aprovechando que ahora la entrada es gratuita todos los días entre las 18h y las 20h. No sé cuándo tomaron esta decisión, pero es todo un acierto. Llevo reivindicando el acceso libre al arte en propiedad de la Administración Pública desde que descubrí Londres hace varios años. Como sólo disponíamos de dos horas para llevarnos una buena impresión del museo madrileño más famoso, indagamos en varios artículos de prensa y en las propias guías de Madrid para ver qué obras eran las que merecían más la pena.

Muchas de las referencias que encontré titulaban sus elecciones con "Top Ten", "Las diez obras más destacadas", "Mis diez obras favoritas", etc. Osea, que va de diez, no de cinco como suelo hacer yo. Para no desentonar, y sin ánimo de que mis comentarios sean seguidos por ninguno de vosotros si os decidís con la visita, (repito, soy nula para el arte), yo también os voy a dar "Mi Top Ten".

Para su elaboración, he seguido un sólo criterio, simple: aquellas obras que no me esperaba o que desconocía incluso y que me causaron un "¡Oh, me gusta, la colgaría en mi pinacoteca personal!" (porque yo, en la casa de mi cabeza tengo hasta pinacoteca). Muchas obras las conoces porque las has visto desde que tuviste entre manos un libro de colegio, pero otras, no sé por qué, ni las conocía ni las esperaba. Algunas ya te las sabes de memoria, de tanto estudiarlas; otras eran, hasta la semana pasada, desconocidas. Y que conste, me sentaba delante de las obras para admirarlas de verdad, no porque el dolor que tenía en el tobillo izquierdo me estaba matando y podía acabar a patadas con cualquier obra. De la misma forma que podía haber acabado:

a) Con la japonesa o china, (no sé, asiática fijo) que no paraba de disparar con su reflex de última generación un flash que me hacía daño hasta a mí, que soy doña "espera que hacemos una foto". Tuvieron que llamarle la atención tres veces, que fui a contárselo cual niña de parvulario a la vigilante para que la echase del museo y me diese a mi su cámara. La necesito.


b) Con las dos amigas que no tienen otra cosa que hacer que dar golpes con un cuaderno a las obras para señalar lo que quieren destacar. Que digo yo, haces lo mismo con el dedo y apuntando bien. Sin tocar. No 
machacando con los papeles la pintura.

c) El hombre que, no pudiendo más del cansancio (entiendo), ve una mesa que podría tener cientos de años y decide que le viene muy bien para apoyar su mochila y él mismo, como el que descansa en la barra de un bar, con cara de alegría. Poco más y se sienta a merendar en ella. Lo del cordón de seguridad y el cartel explicativo de la obra lo debió pasar por alto. La vigilante, creedme, no daba crédito.
 Yo tampoco.

Vamos desde la última elección de mi "Top Ten" a la primera. Igual, me preguntáis en dos meses y os doy uno completamente diferente:

10. La actriz María Guerrero como "Doña Inés" de Madrazo (1891). Sala 63: cuando los que me preguntaron por las obras que más me gustaron de mi visita conocieron la respuesta, llegaron a una conclusión: eres una lúgubre, ¿tienes raíces gallegas verdad? Pues eso, podrá parecer rara mi elección, pero si hubo un retrato que me impactó fue éste. Por el blanco inmaculado del hábito, por ese pompón en la frente de la actriz que parecía tener relieve y por su dulce expresión contrastada con la rotundidad de los colores y de la propia composición.

9. El Dios Marte de Velázquez (1638). Sala 15A: por ser un Dios diferente, ni guerrero ni triunfante.


        

7. Un chiquillo sentado de Víctor Manzano (1859). Sala 63B.

8. Paisaje de El Pardo al disiparse la niebla de Antonio Muñoz Degrain (1866). Sala 63A.


6. Las tres gracias de Rubens (1630-1635). Sala 29: eran las tres diosas nacidas de los amores de Zeus, componentes del séquito de Afrodita. Representan el amor, la belleza, la sexualidad, etc. Una de las obras que más me apetecía ver, quizás porque es de las pocas que con tanto color y luz que me gustaron. O quizás, simplemente, por su naturalidad.
 


5. La rendición de Breda / Las Lanzas de Velázquez (1635). Sala 9A: este es el cuadro que, por encima de todos, podría dibujar con los ojos cerrados. Haría un "Ecce  Homo" igual que el más famoso del mundo en la localidad de Borja, está claro, pero todos conocemos la obra de memoria. Dicen que muestra más el inicio de la paz que el fin de la guerra porque Velázquez pone más énfasis en ello, dejando las escenas bélicas al fondo y sin protagonismo. Eso sí, la monarquía hispánica parece hasta buena y clemente. No se lo cree nadie.

4. Las Meninas / La Familia de Felipe IV de Velázquez, (1656). Sala 12: el cuadro más famoso de Velázquez me sorprendió, no porque no lo conozca de sobra, sino porque me esperaba la misma decepción que el día que vi La Mona Lisa en el Louvre. Un tamaño DIN-A4 de nada. Esto es un señor cuadro. Así, sí. Lo del uso de la perspectiva, la plasmación de la luz o su representación de una escena cotidiana me lo tuvieron que contar; porque de eso, ya lo sabéis, no entiendo. 




3. Duelo a garrotazos de Goya (1820 - 1823). Sala 67: de las catorce escenas que encontraron en la Casa del Sordo y  que componen Las Pinturas negras de Goya, me quedo con ésta. Y eso que iba buscando otra.


2. Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga de Antonio Gisbert Pérez (1888). Sala 61A: el cuadro es enorme y los fusilamientos son algo que me gusta pensar nunca más se darán, con o sin juicio previo. Los trajes de los protagonistas bien planchados, impecables; con ese estilo de mediados del siglo XIX que tanto me gusta. Algunos aguantan estoicos, otros se derrumban y alguno hay que se aferra al compañero. De fondo, el mar algo enfadado, tampoco le gusta lo que ve.

1. Doña Juana La Loca ante el sepulcro de su esposo de Francisco Padrilla (1877). Sala 61: la obra cumbre del pintor y, para mí, de todas las que disfruté en el museo. Se lleva el premio. Pradilla realizó varios cuadros con Doña Juana de protagonista, pero en esta obra, en la que acompaña el cadáver de su esposo desde Miraflores a Granada, domina completamente la escena. Su cara lo dice todo y nada. Tremenda.

*Todas las fotografías son de Museo del Prado.

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